En el edificio de la redacción de El
Ciervo había hace unos años una amable y educada portera, Montserrat. Había
visto pasar por aquellas escaleras a toda la familia de esta revista. Tras la
muerte de Lorenzo Gomis en 2005, su hermano Joaquim empezó a venir a echar una
mano más a menudo. Cuando entraba, la señora Montserrat le decía: “Buenos días,
señor Gomis”. Cada saludo, según decía Joaquim, le recordaba que era el último
“señor Gomis” que quedaba.
Joaquim Gomis Sanahuja, de 82 años, murió
de repente en la madrugada del sábado 21 de diciembre. Se había levantado a
echar un vistazo al ordenador -lo hacía cuando no podía dormir- y quizá a fumar
un cigarrillo o comer una galleta danesa. Cuando volvió hacia la cama, le
costaba andar. Su mujer, Montse, se dio cuenta, quiso ayudarle y con esfuerzo
logró meterlo en la cama. Joaquim dio entonces un gran suspiro. Al rato llegó
el médico, que solo pudo certificar el fallecimiento. Joaquim moría igual que
su hermano Lorenzo: de repente, en casa, cerca de la cama, haciendo lo que
hubiera hecho un día cualquiera en época navideña.
Joaquim, igual que sus hermanos, Joan y
Lorenzo, fue uno de los fundadores en 1951 de El Ciervo. Después pasó por el
seminario, se ordenó sacerdote y fue vicario en Sant Just Desvern, un pueblo
cerca de Barcelona. En 1962 viajó a Roma como doctorando, pero sobre todo tuvo
la suerte de poder observar de cerca a su admirado Juan XXIII y el inicio del
Concilio Vaticano II. Un año después volvió a Barcelona para trabajar en el
Centro de Pastoral Litúrgica. Con las publicaciones del Centro, ayudó a miles
de sacerdotes a aplicar las novedades litúrgicas del Concilio Vaticano II: las
misas ya no eran en latín ni de espaldas. En aquellos años empezó su relación
con la revista Foc Nou, que al poco tiempo se mudó a esta casa y creció como
hermana pequeña de El Ciervo. Joaquim se secularizó en 1992 para casarse con
Montse Obiols. Se jubiló poco después, pero nunca dejó de escribir. Es el
oficio al que más tiempo dedicó en toda su vida y con el que se describía:
escritor.
Aprendí mucho de Joaquim. Le conocía bien
desde hace solo diez años. Para
preparar este número he leído textos suyos de todas las épocas. He descubierto
un libro que no sabía que existía: Jukebox. Para el final de la adolescencia
(Sígueme). Son textos que enviaba en 1962 desde Roma a siete adolescentes que
había conocido en Sant Just Desvern. Joaquim tenía entonces poco más de treinta
años. Leía esas cartas -hay algunos fragmentos en el apartado “El diccionario
de Joaquim Gomis”- y veía al Joaquim que conocí con setenta. Cuando charlaba
con él hace poco, ya con ochenta años, me daba cuenta de que las percepciones
en la vida -las reales, las importantes de verdad- apenas cambian. Podemos
cambiar de opinión, no de formación.
Veía en Joaquim a ese joven que fue
porque aún lo era. No tenía nada más de viejo que el paso lento y el bastón.
Resultaba fácil imaginarlo en Roma, disfrutando entonces de lo mismo que ahora.
Describe por ejemplo un domingo de Pascua en Florencia. Con dos amigos sacerdotes,
subió a Fiésole: “Nos sentamos en unas escaleras, ante el convento de San
Francisco y con el panorama de Florencia por delante. Bajo el sol, bajo un
cielo suficientemente azul, con un aire bastante agradable. Tomamos nuestros
helados. Fumé mis pipas. El brasileño contaba cosas del Brasil. Y el mundo
desfilaba por allí. Una tarde de fiesta, de primavera, de domingo, de Pascua”.
Y un poco más adelante: “Pasaba todo el mundo, sí, todo el mundo. Era divertido
verlos subir por las escaleras, adivinar de qué país eran”. Aquel Joaquim era
el mismo de sus charlas en el banco de los jubilados en Sant Just, con sus
cigarrillos y sus amiguetes, que seguro que le contaban cosas, porque Joaquim
prefería escuchar, y podía ser igual que aquella tarde de Pascua hace cincuenta
años. Se puede viajar, leer, trabajar más, pero son detalles. La elección de
una vida libre, auténtica, sencilla es más difícil: “La libertad no depende de
los demás, no depende de las circunstancias que componen nuestra vida”.
Hace poco el buen amigo José Martí Gómez
-del Español, como Joaquim- le entrevistó en la cadena Ser (la deliciosa charla
sigue en la web de la emisora). Le preguntaron si le hubiera gustado, en su
época de sacerdote, llegar a obispo. Joaquim rió y dijo que no era para él: “Me
gusta ser libre, no me gusta mandar”. Joaquim creía que en la Iglesia se podía
ser libre, pero solo abajo, con la gente sencilla, que era una expresión que
usaba a menudo. Es cierto que fue libre y le gustaba serlo y no me imagino un
mayor logro.
En verano, leyó Los hermanos Karamazov,
de Dostoyevski (fue una recomendación pública del papa Francisco, a quien
admiraba, y que animó a Joaquim a volver a leer la novela). Tras su muerte,
miré en su ordenador por si había dejado algún artículo a medio hacer. Junto a
la pantalla, tenía fotos de toda la familia al lado de otras más sorprendentes,
en viejo papel de periódico: una de Claudia Cardinale y dos de la modelo Naomi
Campbell. En uno de sus últimos documentos del ordenador había una lista de
frases de los Karamazov. La familia decidió usar dos para el recordatorio del
funeral: “No podía amar pasivamente, para él amar era ayudar” (cuando
preguntaron a Montse, su mujer, si le parecía bien esa frase, dijo: “Es lo que
hemos hecho toda la vida”) y “Con amor todo se salva”.
Todas las frases reflejaban en buena
medida al joven Joaquim. Esta enlaza con la tarde de Pascua en Florencia: “La
vida es un paraíso, todos estamos en el paraíso, pero no queremos reconocerlo;
si quisiéramos reconocerlo, mañana mismo la tierra se convertiría en un
paraíso”. Me quedo con esta otra: “Lo que importa es que uno no se mienta a sí
mismo. Quien se mienta y haga caso de sus propias mentiras acaba por no
distinguir ninguna verdad ni en él ni en los otros”. La libertad, la naturalidad
y la sencillez resumen el ejemplo de Joaquim. Nunca decía nada que antes no
hubiera pensado y creyera. En un editorial hace unos meses intenté resumirlo en
una palabra, y le llamé “campechano”. No le gustó, imagino ahora porque la
palabra tiene un tono bruto y feo. En su último correo, dos días antes de su
muerte, aún me lo recordaba, y me llamaba por otros motivos “murri” (“astuto”,
“listillo”, en catalán), para compensar, decía. Era amablemente tozudo y era
mejor no hacerle enfadar, pero era fácil evitarlo.
Con Joaquim se va el último “señor
Gomis”. Los tres hermanos junto a Rosario Bofill fueron el pilar de esta
revista desde el primer día. Todos reflejaban de un modo u otro el carácter de
El Ciervo. Eran El Ciervo y El Ciervo era como ellos. Qué pasa ahora con El
Ciervo es una pregunta inevitable. Esta revista y quienes la hacemos es su
herencia. No habría mejor homenaje que seguir adelante con este proyecto libre,
sencillo, profundo, como fueron ellos. Cuando murió Lorenzo Gomis, el director
durante medio siglo, el editorial se tituló “Siempre se está empezando”. Eso
vamos a hacer mañana, bien acompañados en este camino.
Jordi
Pérez Colomé
El
Ciervo núm. 475, enero-febrero 2014.

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