dimarts, 18 de març del 2014

La profundidad de su fe cristiana

Hablar de la personalidad de Quim no és tan fácil cómo uno supondría en un primer momento. La proximidad de la relación en unas circunstancias concretas es quizás una dificultad añadida al ser también una personalidad conocida por sus escritos y publicaciones. Una persona con la que has compartido momentos importantes de la vida. Alguien de la familia, como muchos otros amigos que ha tenido a lo largo de los años. Algunos de estos amigos nos encontramos el lunes 23 de diciembre en la plaza de la Iglesia en Sant Just, después del funeral. Quim, efectivamente, tenia muchos amigos. Amistades transversales, en el sentido tanto cronológico como de diversidad de ambientes sociales. Amistades de cuando ejercía de coadjutor en la parroquia, amistades de profesión periodística, amistades de la plaza donde conversaba últimamente con otros jubilados, amistades desde el ejercer como acompañante de procesos personales. Acompañante, digo, porque él no pretendía, ni consciente ni al contrario, ejercer ningún tipo de dirección espiritual o psicológica de nadie. En este sentido formaba parte de una generación intelectual que ha creado escuela y ha tenido influencia crítica, desde la ética de la libertad. Libertad enraizada en los valores familiares heredados y ejercidos, a modo de cooperativa, con sus hermanos Joan y Llorens. Los Gomis tenían su propio carácter y personalidad a la vez independiente y a la vez bien reconocible desde otras atalayas. Quizás por ello recibían, los Gomis, algunas críticas desde perspectivas opuestas, tanto de la Iglesia cómo de la sociedad civil, que ahora decimos. Suele ocurrir.

Por tanto, Quim era fiel a las amistades que había cosechado. Ejercía una influencia discreta desde la libertad de cada uno, la suya incluida. No tenía afán de quedar bien sino de relacionarse desde el respeto total a la persona y a sus opiniones. Nada más y nada menos. La acogida era natural en él. Su sonrisa de complicidad invitaba a la conversación amable, a la intimidad de algunos asuntos o al debate sobre la política y la Iglesia. La confianza se establecía sin esfuerzos suplementarios o reservas innecesarias. Ahora sentiremos más su ausencia porque ya no podremos contar con aquel encuentro donde salen todos los temas y él escucha y apostilla o complementa o pregunta como si no hubiesen pasado los meses desde la última vez. "Y aquel proyecto que tenías entre manos?" "Has empezado ya la construcción de la Iglesia?". "Solidança continua bien, a pesar de la crisis?" "Has vuelto a Africa y has participado del Forum Social Mundial en Dakar, por qué no lo cuentas para Foc Nou?" "Leí un comentario tuyo sobre el Papa: no podrías responder a un par de preguntas para El Ciervo?". Joaquim seguía mi pista aunque yo estuviese despistado, y no le comentara mis actividades.


Hace ya un montón de años el grupo de compañeros curas que compartíamos reflexión y fe le pedimos que nos hiciera de consiliario, que nos ayudara en esta tarea de discernimiento de actitudes y compromisos personales. Recuerdo esta etapa con mucho cariño porque se fraguó amistad y sentido crítico. Los temas más personales se podían proponer con toda franqueza y él mismo se implicaba con sus propias dudas y experiencias. El grupo como tal se reconstituyó varias veces pero la relación personal continuó en la nueva etapa, de otras maneras. Tanto en el grupo como posteriormente, siempre me interrogó su talante espiritual y religioso, alejado de cualquier atisbo de formal pietismo. Este carácter también lo había observado en su hermano Joan, cuando era presidente de Justicia i Pau de Barcelona. Practicar, es decir, celebrar la fe cristiana y rezar desde la naturalidad más natural, y que se me perdone la expresión. Joaquim y Montserrat, su esposa, se acercaron muy a menudo y durante largo tiempo a la humilde parroquia en un barrio de Sant Joan Despí. Aquí se casaron, después de los trámites de la secularización, en la Verge del Carme, no lejos de Sant Just. Y aquí participaban de la eucaristía muchos domingos y fiestas importantes. De vez en cuando comentaba alguna anécdota  en sus apuntes periodísticos y alguna crítica amable. Era un feligrés más, reconocido por la comunidad. Leía la lectura  si se lo pedían y aceptaba salir al presbiterio para que, en la noche del Jueves Santo, el sacerdote le lavara los pies. Ni protagonismo, ni falsa humildad. No sabré explicarme seguramente, pero Joaquim vivió la fe cristiana con profundidad y compromiso, sin aspavientos, sin añadidos ni edulcorantes, rotundamente. Y se lo agradezco de veras, como amigo y como sacerdote de esta parroquia donde era reconocido y apreciado.


Preocupado por todo lo que vivía la Iglesia, desde siempre, desde las bambalinas de la liturgia, y lo digo sin ironía, a los análisis de coyuntura, debates, prospectiva teológica y pastoral etc. Lo de imaginar la posibilidad de un Concilio Vaticano III va en esta línea de preocupación seria. Si en alguna ocasión yo expresaba el temor a un retroceso mayor respecto al Concilio, él ya pensaba en que el invierno eclesial se estaba terminando. Más tarde yo le insistía que quizás nos habíamos equivocado y solo era el otoño; que el invierno estaba por llegar. Y él: "los brotes verdes están ya  a punto. "Y va, y cuando menos lo esperábamos, nos sale el papa Francisco por el ventanal del Vaticano pidiendo a la multitud que lo bendiga. Cómo me alegro de que Joaquim, el empedernido defensor del Concilio, hijo del Concilio, periodista identificado con aquel acontecimiento histórico, haya podido disfrutar de ese aire de evangelio y libertad que nos contagia el nuevo Papa, obispo de Roma. Las perlas que él había recogido de diferentes elocuciones del Papa son una verdadera antología del breve magisterio que ha ejercido hasta ahora. Sus pinceladas del estilo y personalidad del Papa marcan ya un programa pastoral de nueva evangelización. Comparto con Quim  la ilusión y la esperanza que empieza una etapa nueva para la Iglesia, a los cincuenta años del Concilio Vaticano II. Y quien lidera esa nueva primavera es quien tiene el timón de la barca de Pedro. Una situación paradójica, si tenemos en cuenta que muchos obispos no tienen ahora el mismo entusiasmo que muchas personas alejadas de la fe. Espero que Joaquim, desde el cielo, y a seis manos, junto a sus hermanos Llorens y Joan, puedan preparar las bases para un nuevo Concilio tal y cómo el ya había imaginado. Supongo que en el cielo, la jubilación no significa dejar de trabajar sino trabajar de otra manera. Así lo espero. Gracias Quim por tu amistad y tu confianza. Y por tu libertad contagiosa! Un abrazo.

Josep Maria Fisa
Sacerdote  
Parroquia Verge del Carme de Sant Joan Despí


El Ciervo núm. 475, enero-febrero 2014.

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