Hablar de la personalidad de Quim no és tan fácil cómo uno
supondría en un primer momento. La proximidad de la relación en unas
circunstancias concretas es quizás una dificultad añadida al ser también una
personalidad conocida por sus escritos y publicaciones. Una persona con la
que has compartido momentos importantes de la vida. Alguien de la familia, como
muchos otros amigos que ha tenido a lo largo de los años. Algunos de estos
amigos nos encontramos el lunes 23 de diciembre en la plaza de la Iglesia en
Sant Just, después del funeral. Quim, efectivamente, tenia muchos amigos.
Amistades transversales, en el sentido tanto cronológico como de diversidad de
ambientes sociales. Amistades de cuando ejercía de coadjutor en la parroquia,
amistades de profesión periodística, amistades de la plaza donde conversaba
últimamente con otros jubilados, amistades desde el ejercer como acompañante de
procesos personales. Acompañante, digo, porque él no pretendía, ni consciente
ni al contrario, ejercer ningún tipo de dirección espiritual o psicológica de
nadie. En este sentido formaba parte de una generación intelectual que ha
creado escuela y ha tenido influencia crítica, desde la ética de la libertad.
Libertad enraizada en los valores familiares heredados y ejercidos, a modo de
cooperativa, con sus hermanos Joan y Llorens. Los Gomis tenían su propio
carácter y personalidad a la vez independiente y a la vez bien reconocible
desde otras atalayas. Quizás por ello recibían, los Gomis, algunas críticas
desde perspectivas opuestas, tanto de la Iglesia cómo de la sociedad civil, que
ahora decimos. Suele ocurrir.
Por tanto, Quim era fiel a las amistades que había cosechado.
Ejercía una influencia discreta desde la libertad de cada uno, la suya incluida.
No tenía afán de quedar bien sino de relacionarse desde el respeto total a la
persona y a sus opiniones. Nada más y nada menos. La acogida era natural en él.
Su sonrisa de complicidad invitaba a la conversación amable, a la intimidad de
algunos asuntos o al debate sobre la política y la Iglesia. La confianza se
establecía sin esfuerzos suplementarios o reservas innecesarias. Ahora
sentiremos más su ausencia porque ya no podremos contar con aquel encuentro
donde salen todos los temas y él escucha y apostilla o complementa o pregunta
como si no hubiesen pasado los meses desde la última vez. "Y aquel
proyecto que tenías entre manos?" "Has empezado ya la construcción de
la Iglesia?". "Solidança continua bien, a pesar de la crisis?"
"Has vuelto a Africa y has participado del Forum Social Mundial en Dakar,
por qué no lo cuentas para Foc Nou?"
"Leí un comentario tuyo sobre el Papa: no podrías responder a un par de
preguntas para El Ciervo?".
Joaquim seguía mi pista aunque yo estuviese despistado, y no le comentara mis
actividades.
Hace ya un montón de años el grupo de compañeros curas que
compartíamos reflexión y fe le pedimos que nos hiciera de consiliario, que nos
ayudara en esta tarea de discernimiento de actitudes y compromisos personales.
Recuerdo esta etapa con mucho cariño porque se fraguó amistad y sentido
crítico. Los temas más personales se podían proponer con toda franqueza y él
mismo se implicaba con sus propias dudas y experiencias. El grupo como tal se
reconstituyó varias veces pero la relación personal continuó en la nueva etapa,
de otras maneras. Tanto en el grupo como posteriormente, siempre me interrogó
su talante espiritual y religioso, alejado de cualquier atisbo de formal
pietismo. Este carácter también lo había observado en su hermano Joan, cuando
era presidente de Justicia i Pau de Barcelona. Practicar, es decir, celebrar la
fe cristiana y rezar desde la naturalidad más natural, y que se me perdone la
expresión. Joaquim y Montserrat, su esposa, se acercaron muy a menudo y durante
largo tiempo a la humilde parroquia en un barrio de Sant Joan Despí. Aquí se
casaron, después de los trámites de la secularización, en la Verge del Carme,
no lejos de Sant Just. Y aquí participaban de la eucaristía muchos domingos y
fiestas importantes. De vez en cuando comentaba alguna anécdota en sus
apuntes periodísticos y alguna crítica amable. Era un feligrés más, reconocido
por la comunidad. Leía la lectura si se lo pedían y aceptaba salir al
presbiterio para que, en la noche del Jueves Santo, el sacerdote le lavara los
pies. Ni protagonismo, ni falsa humildad. No sabré explicarme seguramente, pero
Joaquim vivió la fe cristiana con profundidad y compromiso, sin aspavientos,
sin añadidos ni edulcorantes, rotundamente. Y se lo agradezco de veras, como
amigo y como sacerdote de esta parroquia donde era reconocido y apreciado.
Preocupado por todo lo que vivía la Iglesia, desde siempre,
desde las bambalinas de la liturgia, y lo digo sin ironía, a los análisis de
coyuntura, debates, prospectiva teológica y pastoral etc. Lo de imaginar la
posibilidad de un Concilio Vaticano III va en esta línea de preocupación seria.
Si en alguna ocasión yo expresaba el temor a un retroceso mayor respecto al
Concilio, él ya pensaba en que el invierno eclesial se estaba terminando. Más
tarde yo le insistía que quizás nos habíamos equivocado y solo era el otoño;
que el invierno estaba por llegar. Y él: "los brotes verdes están ya
a punto. "Y va, y cuando menos lo esperábamos, nos sale el papa
Francisco por el ventanal del Vaticano pidiendo a la multitud que lo bendiga.
Cómo me alegro de que Joaquim, el empedernido defensor del Concilio, hijo del
Concilio, periodista identificado con aquel acontecimiento histórico, haya
podido disfrutar de ese aire de evangelio y libertad que nos contagia el nuevo
Papa, obispo de Roma. Las perlas que él había recogido de diferentes
elocuciones del Papa son una verdadera antología del breve magisterio que ha
ejercido hasta ahora. Sus pinceladas del estilo y personalidad del Papa marcan
ya un programa pastoral de nueva evangelización. Comparto con Quim la
ilusión y la esperanza que empieza una etapa nueva para la Iglesia, a los
cincuenta años del Concilio Vaticano II. Y quien lidera esa nueva primavera es
quien tiene el timón de la barca de Pedro. Una situación paradójica, si tenemos
en cuenta que muchos obispos no tienen ahora el mismo entusiasmo que muchas
personas alejadas de la fe. Espero que Joaquim, desde el cielo, y a seis manos,
junto a sus hermanos Llorens y Joan, puedan preparar las bases para un nuevo
Concilio tal y cómo el ya había imaginado. Supongo que en el cielo, la
jubilación no significa dejar de trabajar sino trabajar de otra manera. Así lo
espero. Gracias Quim por tu amistad y tu confianza. Y por tu libertad
contagiosa! Un abrazo.
Josep Maria Fisa
Sacerdote
Parroquia Verge
del Carme de Sant Joan Despí
El Ciervo
núm. 475, enero-febrero 2014.

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